MISA EN ACCIÓN DE GRACIAS POR LA BEATIFICACION DE LOS MÁRTIRES DE LA RIOJA

Los años 70 fueron difíciles en Bahía Blanca. Aunque parezca temprano, ya al comienzo de esa década empezó la persecución a algunos sacerdotes y laicos de esta Arquidiócesis. Persecución que cada vez era más violenta hasta culminar en marzo del 75 con la muerte del Sacerdote Salesiano Carlos Dorñak. Muchos sacerdotes y laicos tuvieron que irse para salvaguardar sus vidas.

 Después comenzaron a llegar noticias de otras partes que también nos conmovían. Entre ellas, la que se conoce como la masacre de San Patricio, parroquia de Buenos Aires, donde fueron asesinados tres sacerdotes y dos seminaristas palotinos el 4 de julio de 1976. Los religiosos asesinados fueron los sacerdotes Alfredo Leaden, Alfredo Kelly y Pedro Duffau, y los seminaristas Salvador Barbeito y Emilio Barletti. De ellos se ha introducido la causa de beatificación por martirio.

 Y antes que finalizara el mes de julio, otro golpe al corazón. Habían sido muertos, en la Rioja, el domingo 18 de julio, el misionero francés padre Gabriel Longueville, y también Fray Carlos de Dios Murias (franciscano conventual), que trabajaban juntos en la Parroquia de Chamical. Una semana más tarde, el 25 de julio, fue asesinado el laico Wenceslao Pedernera, casado y con tres hijas menores: delante de ellas lo mataron. Todos quedaron unidos en la entrega de sus vidas por su compromiso en la fidelidad al Evangelio y al pueblo de Dios. Y como broche de oro para la Iglesia riojana, su propio Obispo Mons. Enrique Angelelli, el 4 de agosto, exactamente un mes después de la masacre de los palotinos, cuando regresaba de Chamical en auto: muere en un accidente provocado intencionalmente por otro automóvil.

Estos mártires, vinieron de distintos lugares, con su historia y formación particular, a trabajar en la Diócesis de La Rioja, dentro del camino pastoral que señalaba Mons. Angelelli, marcado por el Evangelio; por el Concilio Vaticano II (1962-1965); y por los documentos de Medellín, del episcopado latinoamericano (1968); y de San Miguel, de los Obispos argentinos (1969). Cada uno de ellos lo hizo desde su propio carisma y misión; pero todos con la fuerte opción por los pobres, defendiendo siempre su dignidad y derechos.

Será precisamente esta fuerte opción evangélica, la que provocó la reacción de los que tenían entonces el poder económico y político. Pero ellos no se dejaron amedrantar por las frecuentes amenazas, y fueron fieles al Dios de la vida, al Dios de la justicia, la paz y solidaridad, hasta el fin de sus vidas.

Cualquiera de ellos hubiera podido salvarse, yéndose a otro sitio; pero se quedaron fieles al lugar que les eligió Dios para que dieran su testimonio de amor al pobre, al desvalido, al excluido.

Al mismo Obispo Angelelli, sus amigos y colaboradores le pedían que se fuera, pero él respondía: “Eso es lo que buscan, que me vaya para que se cumpla lo del evangelio: heriré al Pastor y las ovejas serán dispersadas”.

 Cuando se cumplieron 30 años del martirio de estos cuatro riojanos, presidió la Misa el Card. Bergoglio, y dijo estas hermosas y expresivas palabras:

“…Una Iglesia que fue perseguida, una Iglesia que se fue haciendo sangre, que se llamó Wenceslao, Gabriel, Carlos, testigos de la fe que predicaban y que dieron su sangre para la Iglesia, para el pueblo de Dios por la predicación del Evangelio y finalmente se hace sangre en su pastor. Fue testigo de la fe derramando su sangre. Pienso que ese día alguno se puso contento, creyó que era su triunfo, pero fue la derrota de los adversarios. Uno de los primeros cristianos tenía una frase linda, sangre de mártires, semilla de cristianos, sangre de estos hombres que dieron su vida por la predicación del Evangelio es triunfo verdadero y hoy clama por vida, por vida de esta Iglesia riojana que hoy es depositaria” (Card. Jorge Bergoglio, 4 de agosto de 2006).

 Estamos aquí muy juntos, hermanos, dentro de la octava pascual y en la liturgia del domingo dedicado a la misericordia. Estamos celebrando la Misa y dando gracias a Dios por la vida de estos cuatro hermanos que en la Rioja, aunque en distintos días, llenos de amor misericordioso, entregaron su vida por los hermanos pobres y sufrientes de sus pueblos. Así murieron el domingo en Chamical los Padres Gabriel y Carlos. Una semana más tarde, en Sañogasta y delante de su familia, matan a Wenceslao Pedernera, laico comprometido con la catequesis y el movimiento rural diocesano. Días más tarde, fue el martirio del Obispo diocesano, Mons. Enrique Angelelli, quien había dicho:

 “Quiero manifestar un amor grande al pueblo riojano que el Señor me confió; un amor grande a esta hora histórica que nos toca vivir y que juntos vamos tejiendo dolorosamente; amor grande a Cristo y a su Iglesia”, decía Mons. Angelelli, en 1973.

 La vida y la muerte de Monseñor Angelelli son fuente de fecunda inspiración para quienes seguimos a Jesús de Nazaret y también para aquellos que sueñan y luchan por un tiempo nuevo para la humanidad, tiempo de justicia, paz y libertad, donde todo hombre y mujer sean valorados y respetados.

 Hoy las huellas de profeta y de pastor del queridísimo Mons. Angelelli, nos llevan “tierra adentro” al encuentro de los pobres y olvidados. Quienes van detrás de sus pasos, descubrirán un camino de fidelidad creativa, de entrega radical, de amor sin reservas. Hallarán el corazón del pastor habitado por el clamor de los pobres y la pasión del Evangelio.

 También hoy, quizás más que nunca, necesitemos volver a oír sus palabras; en ellas, el testimonio de su vida nos convocará, a ser también nosotros sembradores de una época nueva que haga posible la vida plena para todos. Para eso es necesario “tener un oído en el pueblo y otro en el Evangelio”, como recomendaba Mons. Angelelli. Qué hermosas palabras para la vida cristiana y para toda mujer y hombre de buena voluntad.

 Intercesores como son los santos, les pedimos a Mons. Angelelli y sus compañeros mártires, que intercedan ante el Señor para que nosotros vivamos fieles a Dios, y trabajemos con verdadera caridad y justicia por los excluidos y pobres de la sociedad.

 Queremos dar gracias a Dios por ellos, con el mismo entusiasmo con que Mons. Angelelli le agradeció al Señor el haberlo elegido como Obispo y poder cumplir la misión que le encomendó. Lo hizo con un poema de su autoría, cuando cumplió 12 años de su consagración episcopal, el 12 de marzo de 1973.

¡Doce jornadas… son tuyas, Señor!
Me llamaste para que fuera testigo…
soy débil, soy pobre y con temor.

Tú me dices: “¡No temas!… mi Amor te ungió;
no es tuyo lo que llevas… apura la marcha…
te basta mi Palabra… lo demás es ilusión”.

También Felipe y Juan, Pedro y Pablo,
aprendieron que el llamado es Misterio,
es muerte, es vida y es misión…
para que en ti el pueblo encontrara el camino,
en tu Cayado, en tu Libro y en tu Unción.

Y mientras se duerme la tarde de esta jornada
y se perfuma de aceite todo esto que soy yo…
por el Cayado, por el Libro y por la Unción,
déjame que te lo diga: ¡Muchas gracias, Señor!

(Mons. Angelelli, “Encuentro y Mensaje”, pag. 28)

 

También hoy nosotros, decimos: Por los mártires riojanos: ¡Muchas gracias, Señor!

Bahía Blanca, 27 de abril de 2019