Mensaje pascual a todo el Pueblo fiel

Arzobispado de Bahía Blanca

A+M

Puán, Monasterio de Santa Clara, 12 de abril de 2026

II Domingo de Pascua o de la Divina Misericordia

 “Nosotros no podemos callar lo que hemos visto y oído”

Hechos 4, 20

 

Queridos hermanos y hermanas, fieles creyentes en la Resurrección de Cristo, que peregrinan en la Arquidiócesis de Bahía Blanca:

Tras diez años caminando juntos – sinodalmente, saben que suelo celebrar el Triduo Pascual en comunidades que no cuentan con la presencia -al menos permanente- de un sacerdote. Me refiero principalmente a algunas poblaciones de las “zonas” sur, este y norte de nuestra inmensa iglesia particular. Esto me ha permitido acercarme a muchos de ustedes hermanos y hermanas que – por muy diversos motivos- quizás no encuentro en las Asambleas pastorales regionales, diocesanas, en las mismas sedes parroquiales, etc. De allí el retraso en este saludo pascual.

Los comienzos, aún de las grandes novedades, muchas veces son pequeños y pueden pasar inadvertidos. Jesús nos enseña que el “Reino de los cielos” es como el grano de mostaza, la más pequeña de las semillas. Esta llamativa inversión de las proporciones es uno de los misterios de Dios. Parafraseando a Benedicto XVI en su libro “Jesús de Nazaret” me sumo a su sencilla y sabia conclusión: ¡Desde el punto de vista de la historia del mundo, la Resurrección es la semilla más pequeña de la historia!

Tras unirme espiritual y mediáticamente a la Vigilia de oración por la paz, convocada por el Papa León (ayer sábado 11 de abril en la Basílica de San Pedro), pensaba en aquellos que tienen el poder de decidir acerca de la vida o muerte de tantos inocentes; los hacedores de guerras; aquellos que -amparados por sus círculos más cercanos de asesores- pareciera que tienen sobradas “razones de estado” para actuar de esa manera…

Entonces, ciudadano de este mundo en el que reina y señorea el “marketing” traducido en el delirio e idolatría ciega de la prepotencia y tantos enfrentamientos armados, junto a cierta “tiranía de los omnipotentes mercados”, me pregunto desde esa lógica imperante: ¿Por qué el Señor Resucitado no se presentó directamente al Sanedrín y al Sumo Sacerdote Caifás, a Pilato y Herodes -en el orden como compareció ante ellos camino a la fatídica sentencia de su muerte? ¿Por qué no los “obligó” de alguna manera a firmar –a todos juntos y de una vez por todas- una oportuna “acta de rendición” para todas las generaciones venideras? Podría redactarse como solemne y taxativa declaración con las siguientes palabras: “Jesús Nazareno Rey de los Judíos Crucificado y Resucitado -uno y el mismo- se nos ha aparecido / archívese y publíquese”. Se debería quizás transmitir de modo claro y taxativo el siguiente reconocimiento: Nosotros autoridades constituidas –religiosa, real e imperial respectivamente- nos hemos equivocado al condenar a muerte a un inocente. Finalmente, esto podría haberse difundido por los “voceros oficiales” del Sanedrín, el Tetrarca de Galilea y el Imperio romano (y todos los sub – poderes satelitales anexos, tanto por la obsecuencia debida que siempre acaricia los oídos de los que mandan, como por el estoico aguante -más o menos paciente- de quienes reconocen someterse a ellos).

Lucharon vida y muerte en singular batalla”, reza la Secuencia de Pascua. Muerte y vida, ¡morir y resucitar! son las dos caras del mismo Misterio Pascual. Muchos han visto a Jesús “morir” (en ‘infinitivo’), o “muriendo” (en ‘gerundio’) ¡o “muerto”! (en ‘participio’, es decir: “cadáver”). Sin embargo, si en la misma lógica pretendiéramos apelar al correspondiente “verbo pascual”: resucitar (en ‘infinitivo’), o “resucitando” (en ‘gerundio’) deberemos rendirnos ante la evidencia: ¡Nadie ha visto a Jesús “resucitar” o “resucitando”! Sin embargo, leemos en los Evangelios y en los Hechos de los Apóstoles, que algunos de los suyos han afirmado que SÍ lo han visto resucitado (¡cuántos verbos para poder describir el testimonio de la Buena Nueva de la Salvación!).

Si celebramos la Pascua y anunciamos a Cristo Resucitado, Señor y dador de Vida, lo hacemos exclusivamente por el testimonio de algunos de los suyos que dicen haberlo visto resucitado. En efecto: en la mañana del primer día de la semana se apareció a algunas mujeres, entre ellas a Magdalena la de los perfumes; ésta llamó rápidamente al “Discípulo amado”, Juan según la tradición, y a Pedro el de las llaves; en la tarde se apareció a los discípulos de Emaús; en seguida se apareció también a los discípulos que se encontraban con las puertas cerradas (aunque Tomás no estaba con ellos). Una semana después volvió al mismo lugar y Tomás sí estaba con ellos. Finalmente: ¡Pablo afirma que también se le apareció camino a Damasco! ¡Y ninguno debería animarse a discutir con él su merecido título de “Apóstol”!

¡Sin embargo, todos estos testigos son gente de aparente muy poca credibilidad! Han manifestado conductas o temperamentos –comportamientos- muy variables e inestables (como nosotros). En síntesis:

  • María Magdalena, de la que el Señor expulsó siete demonios, parecía una mujer muy especial, que solamente sabía llorar, tocar y besar los pies de Jesús, derramando y derrochando, además, perfumes costosos.
  • Juan, llamado “hijo del trueno”, era un joven muy impulsivo y algo posesivo, que amenazaba destruir a quien no los aceptase, deseoso además de tener arte y parte principal en el Reino con su hermano Santiago.
  • Cefas – Pedro, ¡fue un negador serial!, tres veces mentiroso, peligroso y violento cuando desenvainaba la espada (¡cortó la oreja de uno de los que vinieron a arrestar a Jesús!) y –como si esto fuera poco- un llorón cobarde.
  • Los dos de Emaús eran discípulos que terminaron dando la espalda a todo lo que había ocurrido en Jerusalén; no solo se habían borrado del todo, sino que -además- trataron al mismísimo Resucitado ¡como “el único extranjero ignorante de lo que pasó”!
  • Tomás, apodado el Mellizo, era un incrédulo pertinaz, que en otros tiempos había prometido morir con el Maestro; más tarde había afirmado no conocer por donde iban las cosas de Jesús y –finalmente- que sólo estaba dispuesto a creer en el Resucitado “viéndolo” o “tocándolo”.
  • Finalmente, Saulo, un fariseo como pocos, ex perseguidor de cristianos.

¡Ninguno de estos podría resistir a los paparazzi u ‘opinólogos’ (admito el neologismo) de turno, que a todos señalan y escrachan! (¡Cuánto más con semejantes prontuarios a la vista!).

Aquí estamos nosotros, “creyentes sin ver”, herederos -al menos- de la última bienaventuranza del Evangelio: “Felices los que creen sin haber visto” (Juan 20, 29). Otros, los ya nombrados “vieron y creyeron”. La Virgen María, Madre de Jesús y Madre del Pueblo de Dios, fue la primera que creyó sin ver, tal como la saludó su parienta Isabel en la “primera bienaventuranza” de la Buena Nueva del Señor (cf. Lucas 1, 45).

Jesús Resucitado se apareció «a algunos de los suyos» y ellos son los que han pronunciado pocas pero fundacionales palabras: «hemos visto al señor». En eso estamos, esta es nuestra misión, como nos lo recuerda San Agustín: “Evangelio equivale a buena noticia. ¿Qué mejor noticia podemos dar que esta: que ha resucitado nuestro Salvador?” (cf. Liturgia de las Horas III, segunda lectura – Año II, p. 227 in fine).

La Iglesia (Ekklesía – ¡que significa con -vocación!) nos invita a proclamar a Cristo Resucitado. En este sentido animaba el Señor a Juliana de Norwich: «Todo terminará bien» (cf. Catequesis del Papa Benedicto XVI, 1º de diciembre 2010). Los jóvenes suelen cantarlo con mucho entusiasmo al entonar “Vida en abundancia”.

Arraigados y a la vez peregrinos en la Fe: “Hay que seguir andando nomás”. Estas son las conocidas palabras del Beato Obispo Enrique Ángel Angelelli, en un poema escrito en 1974, durante su última visita ad limina apostolorum, el día de sus Bodas de Plata sacerdotales (Basílica de San Juan de Letrán, Roma, 9 de octubre 1949).

Este año se celebra el 50º aniversario de su martirio (4 de agosto de 1976); días antes, también en La Rioja, fueron asesinados los beatos sacerdotes Gabriel Longueville, Fray Carlos de Dios Murias ofm, conv. (18 de Julio) y el laico catequista y animador de la Palabra, esposo y padre de familia Wenceslao Pedernera (25 de Julio). ¡Fueron –entre tantos otros- testigos de la Resurrección de Cristo en nuestra tierra!

¡Felices Pascuas de Resurrección muy queridos hermanos y hermanas!

Alégrense siempre en el Señor, vuelvo a insistir, alégrense (Filipenses 4, 4)

 

¡Nuestra Señora de la Merced y

Reina del Cielo, alégrate, aleluia,

porque Cristo, a quien llevaste en tu seno, aleluia,

ha resucitado, según su palabra, aleluia!

 

+ Fray Carlos Alfonso Azpiroz Costa OP

Arzobispo de Bahía Blanca