Mensaje de Navidad de Fray Carlos

A+M

“No quiero que tardes más”

A mis hermanos y hermanas, peregrinos de esperanza,
en esta Arquidiócesis de Bahía Blanca

 

El título de este mensaje que deseo hoy compartir con ustedes a las puertas de la Navidad e inicio de un nuevo año, ¿no parece algo presuntuoso, impertinente o –al menos- terminante[1]?.

 

Sin embargo, pido prestadas esas palabras a Santa Catalina de Siena, Doctora de la Iglesia. Ella las usa –porque así es- en una confiada invocación a la Santísima Trinidad, una súplica al poder del Padre eterno, a la Sabiduría del Hijo, a la clemencia del Espíritu Santo.

 

En su sincera plegaria, la Santa de Siena, compatrona de Europa, de Italia y de Roma, ruega especialmente la misericordia para el mundo y para la Iglesia (ciertamente en tiempos nada fáciles). El texto concluye así: “No quiero que tardes más. Te ruego que tu infinita bondad te obligue a no cerrar los ojos de tu misericordia. Jesús dulce, Jesús amor”.

 

El final del libro del Apocalipsis (Revelación y no desastre; Palabra final y no destrucción) pareciera responder a tamaña expresión de la Esperanza con un consolador: Sí, volveré pronto (22, 20).

 

Mis hermanos y hermanas, la Fe es la memoria del Pueblo de Dios que recuerda su primera venida en la carne. Mirando el pasado nos invita a confesar a Jesús como el Mesías de Dios. La Esperanza purifica la mirada del corazón de cara al futuro fijando los ojos en la Promesa de su venida definitiva. La Caridad, finalmente, nos ayuda -cada día y todos los días- a reconocerlo en los acontecimientos que vivimos: allí donde experimentamos la comunión fraterna; proclamamos y escuchamos la Palabra; celebramos la Eucaristía; anunciamos y servimos al Señor con palabras y obras haciéndolo a los más pequeños. ¡Reconocemos al Señor en las personas y acontecimientos en las cuales hoy se hace presente!

 

Peregrinos de Esperanza

El año 2025 concluye, con él el Jubileo que hemos querido celebrar – vivir de muchas y diversas maneras fieles al lema “Peregrinos de Esperanza”. Concluir este tiempo de gracia, invita a recordar aquellas sentidas palabras del Beato Enrique Angelelli: Hay que seguir andando nomás[2]. En este sentido, lo vivido nos abre a nuevas perspectivas, iniciativas y oportunidades.

 

La XVI Asamblea general ordinaria del Sínodo de los obispos – Por una Iglesia sinodal – comunión – participación – misión culminó con la votación y aprobación del Documento final (en todas sus partes) por los miembros de la misma el 26 de octubre de 2024. El Papa Francisco, a su vez, lo aprobó y firmándolo, encargó su publicación, uniéndose al “nosotros” de la Asamblea dirigido a todo el santo Pueblo fiel de Dios. Las Pistas para la fase de implementación del Sínodo (2025-2026) ofrecidas por la Secretaría General del Sínodo nos han invitado a recorrer nuevos caminos para ello; ¡Sí! ¡Hay que seguir andando nomás!

 

Con la ayuda invalorable del Consejo Pastoral Arquidiocesano hemos leído y estudiado estos textos – subsidios. Recordamos con alegría la celebración, el 17 de mayo pasado, de nuestra última Asamblea Sinodal o Encuentro Pastoral Arquidiocesano (en el Colegio de las Madres canossianas de Punta Alta). Con este material se intuyeron diversos itinerarios para el año 2026. Se organizarán sendos encuentros “zonales” conforme a la praxis de los últimos años (alternando cada año encuentros de comunidades, zonales y arquidiocesanos).­­

 

La Esperanza que nos salva

Sin duda la Esperanza (mirada confiada al futuro) no puede desvincularse de la Fe (memoria creyente). En este sentido, una vez más, quisiera recordar con ustedes las palabras de la Carta a los Hebreos: La fe es la garantía de los bienes que se esperan, la plena certeza de las realidades que no se ven (11, 1). Este texto parece ofrecernos una “definición” de la fe uniéndola estrechamente a la esperanza. El Papa Benedicto XVI ha regalado a la Iglesia un comentario muy bello a este texto del Nuevo Testamento en su Carta Encíclica Spe Salvi, justamente: sobre la Esperanza cristiana[3].

 

Con esta perspectiva, a la luz del Adviento y la Navidad, finalizando también el año civil (lectivo, laboral, ¡pastoral!) deseo recordar, uniendo memoria y esperanza otro significativo “aniversario”: el 8 de diciembre pasado se ha cumplido el 60º aniversario de la solemne clausura del Concilio Ecuménico Vaticano II. Se trata de algo mucho más importante que una efeméride de calendario.

 

Permítanme en este sentido citar también palabras realmente proféticas del amado Papa Francisco: El camino de la sinodalidad es el camino que Dios espera de la Iglesia del tercer milenio[4].

 

La Comisión Teológica Internacional realizó un profundo estudio acerca de la sinodalidad en la vida y la misión de la Iglesia. Su fruto –después de varios años de reflexión- fue publicado en 2018 [5]. Leemos al final de dicho documento: “La Iglesia está llamada a manifestar que la catolicidad que la cualifica y la sinodalidad en la que se expresa son fermento de unidad en la diversidad y de comunión en la libertad. Esta es una contribución de relieve fundamental que la vida y la conversión sinodal del Pueblo de Dios puede ofrecer para la promoción de una cultura del encuentro y de la solidaridad, del respeto y del diálogo, de la inclusión y de la integración, de la gratitud y de la gratuidad” (final del n. 118).

 

La memoria de la Fe nos impulsa –gracias a la Esperanza- ¡a seguir andando! Por ello, desearía que cruzáramos juntos el umbral de un Año Nuevo recordando, volviendo a poner en el corazón, algunos aspectos del Concilio Vaticano II, constatando que sus frutos de renovación en la promoción de la comunión eclesial, de la colegialidad episcopal, de la conciencia y del ejercicio sinodal han sido abundantes y fecundos. Pero ciertamente –también es una constatación- aún queda mucho por hacer en la dirección trazada por el mismo Concilio, tal como lo expresara San Juan Pablo II [6]. Aun así, lo señala el sentido común, ¡quien no sabe de dónde viene difícilmente sabrá adónde va!

En la línea trazada por el Vaticano II, los diversos Sucesores de Pedro que la Providencia ha regalado a la Iglesia desde Juan XXIII a Francisco, han señalado que la sinodalidad expresa la figura de la Iglesia que brota del Evangelio de Jesús en una creativa fidelidad a la Tradición.

 

También León XIV –miembro de la Asamblea Sinodal 2023 y 2024 como Prefecto del Dicasterio para los obispos- ha señalado en los pocos meses desde el inicio de su pontificado, que este proceso ha suscitado un llamado a la conversión tanto personal como comunitaria, promoviendo una renovada conciencia sobre el valor de la comunión y la fraternidad, caminando juntos en diálogo y en una experiencia transformadora de escucha y discernimiento.

 

El Concilio de Juan y Pablo

Desearía ahora prolongar en sus corazones alguna reflexión acerca de “El Concilio de Juan y Pablo”. Así titula un libro – testimonio acerca del Concilio, el conocido sacerdote periodista y escritor José Luis Martín Descalzo (1930 – 1991)[7]. Esta Asamblea conciliar, verdadero “Sínodo”, sesionó desde el jueves 11 de octubre de 1962 (día de su inauguración solemne) hasta el miércoles 8 de diciembre de 1965 (fecha de su solemne clausura).

 

El Concilio –verdadera experiencia sinodal- transcurrió a lo largo de cuatro sesiones (1962, 1963, 1964 y 1965) de diez semanas cada año. No debemos olvidar, por cierto, que desde el anuncio del Concilio en la Basílica de San Pablo extra muros, un domingo 25 de enero de 1959 y el inicio de las sesiones en la fecha arriba indicada, transcurrieron dos años y medio de intenso trabajo preparatorio.

 

Participaron aproximadamente -son cifras fluctuantes- 2860 cardenales, arzobispos, obispos, patriarcas, etc. pertenecientes a 116 países; a ellos se sumaron algunos superiores religiosos de órdenes o institutos clericales; alrededor de 480 peritos nombrados por el Papa San Juan XXIII o su sucesor San Pablo VI (y –además- numerosos representantes de otras confesiones cristianas en un evidente gesto ecuménico). Teniendo en cuenta su significado, podríamos decir que el Concilio ha sido, hasta esa fecha, el encuentro más grande en su género, ¡una Asamblea conciliar sin igual! En nuestras manos, inteligencia y corazón: contamos con los 16 documentos finales aprobados que continúan hoy inspirando la vida y misión de la Iglesia.

 

Una oportuna y constante interpretación

Benedicto XVI con ocasión del saludo navideño a sus inmediatos colaboradores de la “Curia Romana” el jueves 22 de diciembre de 2005 (el mismo año de su elección), ofreció a la Iglesia una visión privilegiada de la llamada correcta hermenéutica o interpretación del Concilio Vaticano II.

 

Vaya una nota “Ilustrativa”, quizás de corte periodístico o meramente anecdótico, para comprender mejor cierta perspectiva histórica del Concilio. Aunque, pensándolo serenamente, también es un signo de la presencia constante del Espíritu Santo que anima a la navecilla de la Iglesia en su ruta peregrinante dos veces milenaria. Desde San Juan XXIII que lo convocó y presidió en su primera sesión, hasta San Juan Pablo II inclusive, todos los Papas participaron de alguna u otra manera como “padres conciliares” (siendo –claro- obispos o, el caso de San Pablo VI como Arzobispo de Milán en la 1ª sesión y como sucesor de Juan XXIII a partir de la 2ª Sesión conciliar). Josef Ratzinger (futuro Benedicto XVI) estuvo presente como sacerdote – perito teólogo (había sido ordenado presbítero en junio de 1951 y consagrado obispo en mayo de 1977). Jorge Mario Bergoglio (Francisco) nacido en diciembre de 1936, ¡tenía 29 años –aún no era sacerdote- cuando se clausuró el Concilio! Sin duda, los textos conciliares habrían sido materia de fecunda lectura y estudio durante su formación (de hecho, fue consagrado sacerdote en diciembre de 1969). ¡Robert Francis Prevost (León XIV) tenía apenas 10 años de edad al concluir el Concilio!

 

Volviendo al discurso de Benedicto XVI ya mencionado, al recordar en aquel mes de diciembre de 2005 –entre otras cosas- el 40º aniversario de la clausura del Concilio, ofreció a sus oyentes la “hermenéutica de la reforma en la continuidad” en contraste con la «hermenéutica de la discontinuidad y de la ruptura» para comprender verdaderamente lo que el Vaticano II había ofrecido a la Iglesia y al mundo. Una –comentaba el mismo Papa Ratzinger- de forma silenciosa pero cada vez más visible, ha dado y da frutos; la otra –siguiendo sus propias palabras- ha causado no poca confusión (los invito a leer ese discurso ¡muchos afirman que allí expresó de alguna forma su “programa” de pontificado).

 

La «hermenéutica de la reforma«, es la de la renovación dentro de la continuidad del único sujeto-Iglesia, que el Señor nos ha dado. La Iglesia es un sujeto que crece en el tiempo y se desarrolla, pero permaneciendo siempre el mismo, único sujeto del Pueblo de Dios en camino.

La “hermenéutica de la discontinuidad” corre el riesgo de acabar en una ruptura entre Iglesia preconciliar e Iglesia posconciliar. ¿Acaso no lo expresan de esa manera tanto San Juan XXIII en su discurso de apertura del Concilio el 11 de octubre de 1962[8], como San Pablo VI al concluir la última sesión plenaria del martes 7 de diciembre de 1965[9]?.

El -así llamado- “Papa Bueno”, al inicio de la Asamblea conciliar expresó: «El Concilio quiere transmitir la doctrina en su pureza e integridad, sin atenuaciones ni deformaciones«, y agregó:  «Nuestra tarea no es únicamente guardar este tesoro precioso, como si nos preocupáramos tan sólo de la antigüedad, sino también dedicarnos con voluntad diligente, sin temor, a estudiar lo que exige nuestra época (…). Es necesario que esta doctrina, verdadera e inmutable, a la que se debe prestar fielmente obediencia, se profundice y exponga según las exigencias de nuestro tiempo. En efecto, una cosa es el depósito de la fe, es decir, las verdades que contiene nuestra venerable doctrina, y otra distinta el modo como se enuncian estas verdades, conservando sin embargo el mismo sentido y significado.»

La Iglesia,  tanto antes como después del Concilio,  es  la misma Iglesia una, santa, católica  y  apostólica en camino a través de los tiempos; prosigue «su peregrinación entre  las persecuciones del mundo y los consuelos de Dios«, anunciando la muerte del Señor hasta que vuelva (cf. Lumen gentium, 8).

 

San Pablo VI, tan duramente criticado por aquellos que lo acusaban de haber ido demasiado a prisa en sus intentos de renovación conciliar, como también por aquellos que lo amonestaban sin contemplaciones por haberlo hecho tan lentamente, escribía en 1975, hace 40 años, en su bellísima Exhortación Apostólica Gaudete in Domino (¡sobre la alegría cristiana!): ¡Que nuestros hijos inquietos de ciertos grupos rechacen pues los excesos de la crítica sistemática y aniquiladora! Sin necesidad de salirse de una visión realista, que las comunidades cristianas se conviertan en lugares de confianza recta y serena, donde todos sus miembros se entrenen resueltamente en el discernimiento de los aspectos positivos de las personas y de los acontecimientos. «La caridad no se goza de la injusticia, sino que se alegra con la verdad. Lo excusa todo. Cree siempre. Espera siempre. Lo soporta todo» (1ª Corintios 13,6-7).[10]

 

Casi ocho años después de su elección como Sucesor de Pedro, Benedicto XVI, el lunes 11 de febrero de 2013, anunció sorpresivamente su renuncia al pontificado: Se celebraba la memoria de Nuestra Señora de Lourdes – Jornada mundial del enfermo; había convocado para esa fecha un Consistorio ordinario de Cardenales. Dicha renuncia se hizo efectiva el 28 de febrero siguiente. Según la costumbre de años anteriores, el Papa se reunió días después con los párrocos y el clero de la diócesis de Roma -el jueves después de Ceniza- era el 14 de febrero (¡estoy seguro que no faltó a esa cita un solo sacerdote del clero romano!). En esa ocasión, según sus propias palabras, quiso más bien ofrecer a los sacerdotes presentes una pequeña charla sobre el Concilio Vaticano II, tal como él mismo –personalmente- lo había visto y vivido. Recordemos que había participado en el Concilio primero como “experto personal” de su obispo -Cardenal Josef Frings, arzobispo de Colonia, Alemania- y hacia el final de la primera sesión fue nombrado también “perito oficial” del Concilio. En este sentido, y aun teniendo en cuenta su carácter reservado, su tarea conciliar como perito le ofreció una gran libertad para expresarse y “contar” algunas de sus experiencias a través de su mirada tan aguda y profunda[11]. En dicho encuentro fue relatando, como testigo cualificado, el andar mismo del Concilio, regalando nuevamente (como en el discurso ya citado ante la Curia romana del 22 de diciembre de 2005) una bella, buena y verdadera “versión” de lo ocurrido en el aula conciliar ante su propia mirada…

 

El valor de algunas palabras clave

La historia de la Iglesia ha acuñado algunas palabras significativas que sintetizan determinadas épocas o momentos de particular importancia. Muchas de ellas son “icónicas” y también –es importante decirlo- análogas o semejantes ¡pero no iguales! Expresan muy sintéticamente diversas “claves de lectura” para describir siempre los intentos de ser fieles a los orígenes en diversos tiempos, épocas y circunstancias (también las crisis o conflictos quizás). Al mismo tiempo son expresiones que podemos seguir usando indistintamente, si bien –repito- tienen una validez especial en cada circunstancia. Vaya un repaso, quizás de modo muy simple:

 

  • Reforma: abraza muchos siglos y el mismo Gregorio VII (su papado: 1073 – 1085) en su obra reformadora ¡se considera seguidor de Gregorio Magno (540 – 604)! Abarca incluso los años anteriores y posteriores 1049 – 1123. Pero también con esa expresión nos referimos tanto a la “Reforma protestante”, como a la “Contrarreforma” o “verdadera Reforma de la Iglesia”; a la obra del Concilio de Trento, etc. Muchos santos y santas de la Iglesia son considerados, aún por cristianos no católicos, como importantes reformadores.

 

  • Restauración: suele hacerse referencia a lo vivido e impulsado por la Iglesia especialmente después de las –así llamadas- “Revoluciones francesas” (1789, 1830 e incluso 1848) y sus respectivas consecuencias tanto en Europa como en América. Quizás el Concilio Vaticano I pueda ser también signo de ese deseo de “Restaurar todo en Cristo” (por cierto, lema del Papa San Pío X).

 

  • Renovación: tampoco podemos circunscribir este impulso a la sola celebración del Concilio Vaticano II. En efecto, en campos como la Liturgia, el estudio de la Divina Revelación, el diálogo ecuménico, etc. ya existían muy importantes movimientos de renovación previos al Concilio y –claro- también se usa esta expresión para referirnos al posconcilio.

 

De todas maneras, el Concilio Vaticano II (1962 – 1965) se destaca por la amplitud inmensa de los temas abordados. Sin pretender sintetizarlos de un modo simplista, la Iglesia se ha dedicado ante todo a reflexionar acerca de lo que Dios – el Espíritu Santo- le dice o confía a Ella: la Divina revelación y cómo la Iglesia lo celebra especialmente en la Liturgia; lo que la Iglesia “dice de sí misma” (el misterio de su vocación y misión); finalmente, lo que la Iglesia “quiere decir al mundo” (y lo que el mundo también le quiere decir a la Iglesia), etc.

 

Algunas expresiones ayudan a comprender no solamente la obra del Concilio, sino también los tiempos que transitamos. Son como “ideas – fuerza” que inspiran o han de inspirar todo deseo de profunda y sincera renovación. Reconociendo al Espíritu Santo como “alma de la Iglesia” (cf. Lumen Gentium 7) el Concilio procuró, inspirado por ese mismo Espíritu: mirar al pasado, al presente y al futuro con nuevos ojos. Curiosamente esas ideas fuerza se fueron expresando en diversas lenguas, así fueron dichas o escritas; así permanecieron en la jerga eclesial y eclesiástica (si bien fueron traducidas, también de modo análogo):

 

  • Ressourcement: el deseo de una renovación volviendo a las fuentes (una mirada renovada desde el pasado: especialmente desde la Biblia y la Teología de los Santos Padres o Patrística).

 

  • Aggiornamento: la imperiosa necesidad de poner al día las cuestiones más importantes de la vida y misión de la Iglesia.

 

  • Development: la importancia de comprender el necesario desarrollo de la doctrina de la Iglesia para el mundo contemporáneo sin por ello aguar el sentido de su Misterio.

 

No faltaron tensiones entre los que sostuvieron estas diferentes perspectivas ¡que ciertamente no pueden reducirse a simplistas miradas “conservadoras” y/o “progresistas” tanto en su interpretación, como en sus consecuencias y aplicaciones, etc. En efecto, cada una de dichas expresiones tenía o manifestaba a su vez muy diversos aspectos, complejidades y posturas que no pueden encasillarse fácilmente. Tampoco se trataba de miradas opuestas, mucho menos contradictorias, exclusivas o excluyentes unas de otras…

 

Los temas detrás de otros tantos temas

Al mismo tiempo, y siempre con el deseo de abrazar la monumental obra del Concilio, dicha Asamblea decidió de alguna manera afrontar o asumir, permítanme este modo de expresarlo, algunos problemas o desafíos generales, al constituirse como grandes desafíos – detrás – de tantos otros – desafíos que sin duda fueron presentándose. Veamos:

 

  1. Cómo afrontar el cambio y los cambios: es decir cómo transmitir con palabras y obras un mensaje que se ha recibido hace mucho tiempo, sin adulterarlo, sin perderlo de vista, siendo fieles a su misma razón de ser. Al mismo tiempo se trata de un mensaje –el Evangelio- que ha entrado en el camino de la historia y por ello sujeto al cambio.

 

  1. Cómo renovar en la Iglesia las relaciones “centro – periferia”, es decir la relación entre las Iglesias particulares y la Iglesia universal; la vida de las comunidades diocesanas y la autoridad suprema de la Iglesia, etc. (las consecuencias no se hacen esperar; por nombrar algunas podría referirme a temas como la inculturación, los modos de expresión, la liturgia, las costumbres legítimas, una adecuada descentralización, etc.).

 

  1. El estilo y expresiones más adecuados para referirse a la tarea, trabajo, o misión de la Iglesia. La tarea evangelizadora implica también modos diversos y semejantes, personalidades, valores y prioridades, modos de comportamiento, etc. No se trataba simplemente de delinear simples “estrategias” o “técnicas” sino identificar cuáles son los valores, el vocabulario, el objeto mismo del discurso y mensaje que la Iglesia desea asumir para anunciar el evangelio “hoy”. Aquí se destaca especialmente el sentido más profundo y teológico del diálogo.

 

El diálogo como estilo de Dios y su Iglesia

 Con los textos conciliares en nuestras manos y en nuestro corazón, podemos incluso contemplar no solamente su contenido, los valores y formas renovados sino también el género literario de los documentos. ¡Aún en su variedad y estilos distintos se puede identificar al mismo tiempo un modo diverso al de los anteriores 20 Concilios Ecuménicos!

 

Los concilios anteriores daban a conocer sus resoluciones con tonos -permítanme la licencia- “judiciales” (a través de sentencias, penas, culpabilidades, condenas, etc.). También lo hacían con expresiones propias del lenguaje “Legislativo” o “normativo” (leyes, normas, cánones o medidas). El Concilio Vaticano II rechazó de alguna manera ese modelo para comunicar su palabra, optando por abrir un diálogo más “pastoral”, asumiendo una cultura “humanista” suscitando más la admiración, la persuasión y convicción interior ¡transformación interior! (justamente: buscando una adecuada y necesaria renovación). Diversos autores e historiadores del Concilio Vaticano II, reconocen que los documentos conciliares resultan, no podía ser de otra manera, obras de muchas manos, quizás sin un estilo coherente; tampoco parecen joyas de literatura.  ¡Pero sí manifiestan un acento general que aparece evidente! En efecto, se presenta ante nosotros un lenguaje que lleva e invita a una manera de vivirlo auténticamente, mirando a la reconciliación, después del horror de sangre y muerte de dos guerras mundiales y de cara al futuro de la Iglesia y de la humanidad.

 

No hay palabras de exclusión, alienación, enemistad, intimidación, punición, vigilancia, amenazas. Se trata de una verdadera actitud docente de parte de una Iglesia que es Madre y Maestra. Si el estilo nos habla de un contenido o significado, encontramos en los documentos conciliares palabras de reconciliación, cooperación, asociación, colaboración, reciprocidad, invitación al cambio, amistad, libertad. Leemos y hacemos nuestras expresiones que invitan a la humildad, hablan de una Iglesia peregrina, profética; destacan la pertenencia a un pueblo que es también profético, sacerdotal y real (reconociendo el común sentido de pertenencia de todos los cristianos gracias al Bautismo).

 

El Concilio insiste en el cambio como expresión de movimiento, desarrollo, progreso, evolución ¡puesta al día! El vocabulario conciliar, insisto, nos indica, señala, manifiesta relaciones de igualdad fundamental, como “hermanos y hermanas”, “pueblo de Dios”, “sacerdocio común de los fieles”. En la liturgia se insiste en la participación plena y activa de todo el pueblo. En todo se expresa la inmensa riqueza de la interioridad (los carismas, la alegría, el gozo y la esperanza, el dolor y la angustia). En definitiva: ¡La importancia de la conciencia! ¡La común vocación universal a la santidad!

 

En este mismo sentido –a modo de ejemplo-  San Juan Pablo II, con ocasión de sus numerosas visitas a Francia (unas ocho) o incluso en las audiencias a obispos franceses en Roma – visita ad limina apostolorum- no perdió esas ocasiones reivindicando el “revolucionario” lema de “libertad, igualdad y fraternidad” a partir de su profundas y originales raíces cristianas. Como ejemplo de esto considero que su libro – entrevista “Cruzando el umbral de la Esperanza” publicado en 1994- ofrece una profunda visión “personal” y “magisterial” del Concilio Vaticano II.

 

El cambio que la Iglesia promueve invita por ello a transformar la mirada, el corazón y las obras proponiendo una visión superadora (que no cancela lo anterior sino lo interioriza), invitando a ir de las leyes a los ideales; de las órdenes a la invitación; de los dogmas a descubrir el misterio; de las amenazas a la persuasión; del aislamiento a la integración; de la exclusión a la inclusión; de la hostilidad a la amistad; de la rivalidad a la asociación; de la sospecha a la confianza; de la aceptación pasiva a un empeño activo; de la culpabilización al aprecio; de la mera disciplina externa a la adhesión y apropiación interior…

 

Dichos valores no son nuevos en la vida y tradición cristiana. No se niega la fuerza de las decisiones o de lo institucional, pero sin duda, todo esto nos invita a una profunda conversión. Este medio o modo de comunicar manifiesta más claramente la riqueza del mensaje y sin dudas señala un cambio de estilo. Buscando el asentimiento interior a ciertas verdades y valores, “el Concilio”, como lo llamamos y citamos, ha preferido la retórica del elogio y de la congratulación (que de ninguna manera se concilia con la obsecuencia ni con mirar hacia otro lado).

 

¿Acaso no es eso que esperamos que hagan con nosotros? ¿Acaso no es lo que los fieles esperan o esperamos de la Iglesia, de los demás, especialmente de los pastores, de nuestros ministros, de todo hermano o hermana? ¡Sí! De todos esperamos y anhelamos: ¡Una paz desarmada y desarmante!

 

¿No son estos los deseos expresados por el Papa León XIV desde su primera aparición pública -apenas elegido- el pasado 8 de Mayo? ¿No es este el lema elegido por él en su apenas publicado primer Mensaje para la Jornada Mundial de la Paz – 1º de enero de 2026)?

 

Las características del verdadero diálogo

En la primera Carta encíclica de su pontificado, y por ello llamada con razón “documento programático” -la Ecclesiam suam– San Pablo VI señalaba la clave del Diálogo como la manera con la cual Dios mismo ha revelado su designio de salvación y como la misma Iglesia ha de anunciar el Evangelio (es decir: su docencia magisterial y acción pastoral – evangelizadora). En este sentido me animo a señalar –a través de una cita exacta- las características que el Papa Montini ofreció para comprender más profundamente la riqueza de ese diálogo.

 

Sus caracteres son los siguientes:

1) La claridad ante todo: el diálogo supone y exige la inteligibilidad, es un intercambio de pensamiento, es una invitación al ejercicio de las facultades superiores del hombre; bastaría este solo título para clasificarlo entre los mejores fenómenos de la actividad y cultura humana, y basta esta su exigencia inicial para estimular nuestra diligencia apostólica a que se revisen todas las formas de nuestro lenguaje, para ver si es comprensible, si es popular, si es selecto.

2) Otro carácter es, además, la afabilidad, la que Cristo nos exhortó a aprender de sí mismo: Aprended de mí, que soy manso y humilde de corazón (Mt 11, 29); el diálogo no es orgulloso, no es hiriente, no es ofensivo. Su autoridad es intrínseca por la verdad que expone, por la caridad que difunde, por el ejemplo que propone; no es un mandato ni una imposición. Es pacífico, evita los modos violentos, es paciente, es generoso.

3) La confianza, tanto en el valor de la propia palabra como en la disposición para acogerla por parte del interlocutor; promueve la familiaridad y la amistad; entrelaza los espíritus en una mutua adhesión a un Bien, que excluye todo fin egoistico.

4) Finalmente, la prudencia pedagógica, que tiene muy en cuenta las condiciones psicológicas y morales del que oye (cf. Mt 7, 6): si es un niño, si es una persona ruda, si no está preparada, si es desconfiada, hostil, y se esfuerza por conocer su sensibilidad y por adaptarse razonablemente y modificar las formas de la propia presentación para no serle molesto e incomprensible.

Cuando el diálogo se conduce así, se realiza la unión de la verdad con la caridad, de la inteligencia con el amor[12].

 

La medicina de la misericordia y la simpatía

En el ya citado discurso del 11 de octubre de 1962, (solemne inauguración del Concilio), San Juan XXIII expresó: En nuestro tiempo, la Esposa de Cristo, prefiere usar la medicina de la misericordia más que de la severidad. Piensa que hoy hay que remediar a los necesitados mostrándoles la validez de su doctrina sagrada más que condenándolos (…) la Iglesia Católica, al elevar por medio de este Concilio Ecuménico la antorcha de la verdad religiosa, quiere mostrarse madre amable de todos, benigna, paciente, llena de misericordia y de bondad para con los hijos separados de ella. Así como Pedro un día, al pobre que le pedía limosna, dice ahora ella al género humano oprimido por tantas dificultades: «No tengo oro ni plata, pero te doy lo que tengo. En nombre de Jesús de Nazaret, levántate y anda»[13].

 

En comunión con esa mirada propia del “Papa Bueno”, también San Pablo VI -en su conmovedor discurso presidiendo la última sesión plenaria del Concilio, el 7 de diciembre de 1965- expresó: …El humanismo laico y profano ha aparecido, finalmente, en toda su terrible estatura y, en un cierto sentido, ha desafiado al Concilio. La religión del Dios que se ha hecho Hombre, se ha encontrado con la religión -porque tal es- del hombre que se hace Dios ¿Qué ha sucedido? ¿Un choque, una lucha, una condenación? Podía haberse dado, pero no se produjo. La antigua historia del samaritano ha sido la pauta de la espiritualidad del Concilio. Una simpatía inmensa lo ha penetrado todo. El descubrimiento de las necesidades humana -y son tanto mayores, cuanto más grande se hace el hijo de la tierra- ha absorbido la atención de nuestro sínodo. Vosotros, humanistas modernos, que renunciáis a la trascendencia de las cosas supremas, conferirle siquiera este mérito y reconocer nuestro nuevo humanismo: también nosotros -y más que nadie- somos promotores del hombre. (…) Hace falta reconocer que este Concilio se ha detenido más en el aspecto dichoso del hombre que en el desdichado. Su postura ha sido muy a conciencia optimista. Una corriente de afecto y admiración se ha volcado del Concilio hacia el mundo moderno. Ha reprobado los errores, sí, porque lo exige, no menos la caridad que la verdad, pero, para las personas, sólo invitación, respeto y amor. El Concilio ha enviado al mundo contemporáneo en lugar de deprimentes diagnósticos, remedios alentadores, en vez de funestos presagios, mensajes de esperanza: sus valores no sólo han sido respetados sino honrados, sostenidos sus incesantes esfuerzos, sus aspiraciones, purificadas y bendecidas. Ved, por ejemplo, que las innumerables lenguas de los pueblos hoy existentes han sido admitidas para expresar litúrgicamente la palabra de los hombres a Dios y la palabra de Dios a los hombres; al hombre en cuanto tal se le ha reconocido su vocación fundamental a una plenitud de derechos y a una trascendencia de destino; sus supremas aspiraciones a la existencia, a la dignidad de la persona, a la honrada libertad, a la cultura, a la renovación del orden social, a la justicia, a la paz, han sido purificadas y estimuladas; y a todos los hombres se le ha dirigido la invitación pastoral y misional a la luz evangélica. Tocamos ahora brevemente las muchas y amplísimas cuestiones relativas al bienestar humano, de las que el Concilio se ha ocupado; tampoco ha pretendido él resolver todos los problemas urgentes de la vida moderna; algunos de ellos han sido reservados para un ulterior estudio que la Iglesia pretende llevar a cabo; muchos han sido presentados en términos muy restringidos y generales, susceptibles -por consiguiente- de sucesivas profundizaciones y de aplicaciones diversas. Pero conviene notar una cosa: el magisterio de la Iglesia, aunque no ha querido pronunciarse con sentencia dogmática extraordinaria; ha prodigado su enseñanza autorizada acerca de una cantidad de cuestiones que hoy comprometen la conciencia y la actividad del hombre, ha bajado- por decirlo así- al diálogo con él y, conservando siempre su autoridad y virtud propias, ha adoptado la voz fácil y amiga, de la caridad pastoral, ha deseado hacerse oír y comprender de todos, no se ha dirigido sólo a la inteligencia especulativa, sino que ha procurado expresarse también con el estilo de la conversación corriente de hoy, a la cual el recurso a la experiencia vivida y el empleo del sentimiento cordial confieren una vivacidad más atractiva y una mayor fuerza persuasiva: ha hablado al hombre de hoy tal cual es.

 

Una advertencia o corrección fraterna final – Conclusión

Queridos hermanos y hermanas:

 

La Constitución pastoral sobre la Iglesia en el mundo actual (Gaudium et Spes) comienza con estas significativas y muy conmovedoras palabras:

 

Los gozos y las esperanzas, las tristezas y las angustias de los hombres de nuestro tiempo, sobre todo de los pobres y de cuantos sufren, son a la vez gozos y esperanzas, tristezas y angustias de los discípulos de Cristo. Nada hay verdaderamente humano que no encuentre eco en su corazón. La comunidad cristiana está integrada por hombres que, reunidos en Cristo, son guiados por el Espíritu Santo en su peregrinar hacia el reino del Padre y han recibido la buena nueva de la salvación para comunicarla a todos. La Iglesia por ello se siente íntima y realmente solidaria del género humano y de su historia.

 

Para comprender nuestra vocación cristiana, como hijos e hijas de la Iglesia, hemos de comprender más y mejor este mensaje conciliar, hemos de aprender una vez más ir a las fuentes, a los documentos mismos del Concilio y del post concilio, al Magisterio mismo de la Iglesia animándonos a saber actualizarlo y al mismo tiempo desplegarlo en su profundidad de modo profético.

 

Este año que termina nos ha hecho testigos de momentos muy significativos. Uno de ellos es el de la pascua del Papa Francisco y la consecuente elección de su sucesor. Nuevamente ante nuestros ojos la invitación a contemplar la viva y verdadera hermenéutica de la reforma en la continuidad del único sujeto IGLESIA en la discontinuidad de los acontecimientos históricos. Nuevamente se nos invita a vivir en la memoria de la FE, la cotidianeidad del AMOR y la mirada fecunda de la ESPERANZA.

 

No se comprende el camino sinodal que la Iglesia nos pide recorrer hoy sin el Concilio Vaticano II. Pero a veces, aún entre nosotros, pareciera que podría ponerse entre paréntesis o bajo sospecha su mensaje, argumentando dificultades o excesos en su aplicación. ¿Acaso otros Concilios no tuvieron o provocaron dificultades o excesos y errores en su aplicación? En nombre del Evangelio o de la Fe también constatamos errores, equívocos en su interpretación o predicación. Bien escribió San Agustín: “La gente murmura de su tiempo, como si hubieran sido mejores los tiempos de nuestros padres. Y si pudieran retornar al tiempo de sus padres, murmurarían igualmente. El tiempo pasado lo juzgamos mejor sencillamente porque no es el nuestro”.[14]

 

Con tanta riqueza, resulta extraño comprobar cómo nos seducen hoy voces encantadoras de “gurús”, (“gurúes” o “gurúas”) que –sin quererlo ¿sin quererlo?- nos convierten en “gurises” (no justamente “niños” o “pequeños” en el sentido de la sencillez evangélica alabada por el mismo Jesucristo (cf. Lucas 10, 21) ¡sino inmaduros en la fe – caprichosos, más seguros de lo que también pretendemos caprichosamente, que de las verdaderas razones para creer, esperar y amar!

 

La Iglesia ha querido decirnos “algo” en sus enseñanzas, las del Concilio Vaticano II y el Magisterio de los sucesores de Pedro, desde un verdadero discernimiento de la Palabra y Tradición. La Iglesia (Asamblea o “Con – vocación”) desea educarnos y hacer crecer desde su Magisterio. La virtud de la prudencia exige la docilidad (docilitas) que no es otra cosa que el “saber – dejarse – decir – algo” ¡Cuánto más de parte de Ella, Madre y Maestra!

 

San Pablo exhortaba a su dilecto hijo y discípulo Timoteo: “Llegará el tiempo en que los hombres no soportarán más la sana doctrina; por el contrario, llevados por sus inclinaciones, se procurarán una multitud de maestros que les halaguen los oídos y se apartarán de la verdad para escuchar cosas fantasiosas” (2ª Timoteo 4, 3-4).

 

En lugar de leer, conocer y estudiar, rezar y contemplar lo que ese mismo Magisterio nos susurra al corazón y los diversos documentos que la Iglesia nos ofrece, preferimos muchas veces los decidores, sintetizadores o catadores de noticias (más bien repetidores de opiniones que desde una pequeña cámara de “opinionología” o ciencia de la opinión) que balbucean al mundo lo que debe pensar, decir y/o hacer (aunque lo hagan implícita o explícitamente contra de las mismas enseñanzas de la Iglesia).

 

Entonces –como quienes están sentados en la tribuna alternando quejas y abucheos o excitados gritos triunfalistas- bajaremos o subiremos nuestros pulgares (siempre cómodamente sentados en la tribuna) sentenciando a quienes no están de acuerdo con lo que pensamos, a veces perfumando de ortodoxia la falta de comunión eclesial olvidando incluso aquella piedra fundamental del mismo razonamiento humano: la analogía (la analogía metafísica, la analogía de la creación; la analogía gnoseológica, lógica y la del lenguaje… y también la analogía propia de la Fe).

 

Para concluir este mensaje, les deseo a todos la Paz, porque Cristo es nuestra Paz (cf. Efesios 2, 14).

 

Volviendo al Apocalipsis, Juan -el hagiógrafo- responde de alguna manera a la insistente súplica inicial de estas páginas: “¡No quiero que tardes más!”. Al cerrar el libro de la Revelación, aquella que en la cual la Iglesia cree, espera y ama, leemos:

 

“El que garantiza estas cosas afirma “¡Sí, volveré pronto!”

¡Amén! ¡Ven Señor Jesús!

Que la gracia del Señor Jesús, permanezca con todos. Amén

(Apocalipsis 22 20-21).

 

En esta Navidad y al comenzar un nuevo año, los bendigo fraternalmente en Cristo y María, Señora de la Merced y les pido me bendigan.

 

Bahía Blanca, 22 de diciembre, 2025

 

+ Fray Carlos Alfonso Azpiroz Costa OP

Arzobispo de Bahía Blanca

 

[1] Invocación a la Trinidad (Oraciones 34), compuesta en la Rocca de Tentennano, el 28 de octubre de 1378.

[2] Cf. Oración de mi sacerdocio, escrito en Roma el 9 de octubre de 1974 con ocasión de sus bodas de plata sacerdotales, durante una visita Ad limina Apostolorum.

[3] Cf. Benedicto XVI, Carta Encíclica Spe Salvi sobre la Esperanza cristiana (30 de noviembre de 2007); cf. especialmente en los nn. 4-9.

[4] Francisco, Discurso en la Conmemoración del 50 aniversario de la Institución del Sínodo de los obispos (17 de octubre de 2015).

[5] Comisión Teológica Internacional, La Sinodalidad en la vida y en la misión de la Iglesia, (2 de marzo de 2018).

[6] Cf. San Juan Pablo II, Carta Apostólica Novo millennio ineunte 44 (6 de enero de 2001).

[7] José Luis Martín Descalzo, El Concilio de Juan y Pablo, Documentos sobre la preparación, desarrollo e interpretación del Vaticano II, Madrid (1967), ed. BAC. Autor también del libro Un periodista en el Concilio (1962-1965).

[8] Juan XXIII, Discurso con ocasión de la solemne apertura del Concilio (11 de octubre de 1962)

[9] Pablo VI, Alocución durante la última sesión pública del Concilio Vaticano II (7 de diciembre de 1965) [Documentos del Concilio Vaticano II, Madrid 1975 (ed. BAC), 1107-1113]

[10] Pablo VI, Exhortación Apostólica Gaudete in Domino n. 74 (9 de mayo de 1975).

[11] Benedicto XVI, Encuentro con los párrocos y el clero de la diócesis de Roma (14 de febrero de 2013)

[12] Pablo VI, Ecclesiam suam 38 (6 de agosto de 1964).

[13] Juan XXIII, discurso inaugural del Concilio Vaticano II, Gaudet Mater Ecclesia (11 de octubre de 1962) Discurso con ocasión de la solemne apertura del Concilio (11 de octubre de 1962); (cf. Concilio Vaticano II, Ed. BAC (Madrid 1975) 1033 – 1034.

[14] Sermón Caillau – Saint Yves 2, 92 en Liturgia de las Horas IV (ed. Conferencia Episcopal Argentina) p.365 (Miércoles VII del Tiempo Ordinario – Año II)