21 de agosto de 2018
Memoria de San Pío X – Día del Catequista

Muy queridos hermanos y hermanas catequistas:

En este día quisiera enviarles estas líneas de felicitación, reconocimiento, gratitud; también de ánimo frente a los desafíos de la misión que les ha sido encomendada. Les escribo en momentos que podríamos definir quizás como difíciles, controvertidos, conmovedores si se quiere. Experimentamos pruebas que parecen superarnos. No hace falta que describa lo que ustedes mismos experimentan: en medio de tantos gozos y esperanzas, no pocas tristezas y angustias.

En medio de las tormentas, la Iglesia no ha cesado nunca de ofrecer palabras y gestos evangelizadores. Sí: vivimos a veces tentados de desánimo, pero la promesa del Señor permanece: “No teman, soy yo”.

La catequesis en ámbitos y ambientes tan diversos (geográficos, sociales, educativos, etc.) nos presenta muchísimos desafíos y el Espíritu Santo nos inspira la necesidad de un profundo y sereno discernimiento (discernimiento que nos impulsa a la escucha atenta, al combate de la fe y a la vigilancia).

Recordamos que muchos acudían a Juan el Bautista y le preguntaban –cada uno desde su propia condición-: “¿Qué debemos hacer?” ¿No es semejante la pregunta que los catequizados hacen a sus catequistas? (más aún en momentos como los que vivimos). El Precursor respondía a cada grupo… con actitudes claras…que anuncian ya los albores de la evangelización (cf. Lucas 3, 10-14).

También todos querían ver a Jesús y el Maestro les anunciaba –con palabras y gestos- la alegría del Evangelio. El joven rico, el doctor de la ley, preguntaron al Señor: “¿Qué debo hacer?” (el joven: para ser perfecto; el doctor de la ley: para heredar la vida eterna).

La alegría del Evangelio provoca reacciones diversas, libres. Así lo hemos contemplado en los últimos domingos a la luz del Evangelio de Juan. Hemos reflexionado en el signo de la multiplicación de los panes. Luego escuchamos cómo el Señor, con paciencia, ayudó a los que lo rodeaban a comprender la anchura y la longitud, la altura y la profundidad del significado de dicho signo (cf. Efesios 3, 18 – 19). ¿No es esta la tarea de todo catequista?

La lectura del capítulo 6 del Evangelio de Juan nos describe de alguna manera las más diversas reacciones ante la enseñanza de Jesús:

El entusiasmo inicial de la multitud que lo buscaban para hacerlo rey, no por haber visto signos, sino por haber comido pan hasta saciarse.

La murmuración de quienes lo escuchaban decir “soy el pan bajado del cielo” y lo rechazan porque pretendían conocerlo muy bien (a su padre, a su madre).

La discusión entre quienes lo escuchaban y se preguntaban: “¿Cómo este hombre puede darnos a comer su carne?”.

El abandono (apostasía) de muchos de los discípulos que murmuraban y se escandalizaban por la dureza del lenguaje… y dejaron de acompañarlo.

La respuesta creyente de Pedro a la acuciante pregunta de Jesús “¿También ustedes quieren irse?”: “Señor, ¿a quién iremos? Tú tienes palabras de Vida eterna. Nosotros hemos creído y sabemos que eres el Santo de Dios”.

Catequizar implica enseñar que el Maestro es el Pan vivo bajado del cielo: Pan de la Palabra, Sabiduría de lo alto (porque todos serán instruidos por Dios) y también Pan de Vida que se refiere a su propia carne entregada y sangre derramada, verdadera comida y verdadera bebida para la vida eterna…

Catequizar implica también provocar una respuesta. Esto invita primero a la escucha y al mismo tiempo a la entrega. Pan de Vida sin escucha de la Palabra puede llevarnos a un puro ritualismo (repetición material sin espíritu). Escucha de la Palabra que no se hace carne ni sangre –que no se encarna- provoca un espiritualismo, justamente, desencarnado.

¡Qué tarea grande la del catequista! Invitar a la escucha de la Palabra que viene de lo alto y a encarnar esa Palabra a través de los Sacramentos que nos ayudan a vivir nuestro camino a la vida eterna.

El Papa Francisco –como experto catequista- nos ha ido regalando imágenes muy vivas y claras para comprender el ser y obrar de la Iglesia: Iglesia samaritana, Iglesia misionera, Iglesia misericordiosa, Iglesia hospital de campaña…

En su viaje a Polonia, tierra de San Juan Pablo II, con motivo de la Jornada Mundial de la Juventud 2016, un obispo preguntó al Papa: “¿Qué debemos hacer?” (se refería a las acciones pastorales necesarias para que el pueblo permaneciera fiel a su tradición cristiana ante las dificultades propias del secularismo, el consumismo, etc.).

La respuesta, repetida varias veces -como una antífona de Salmo responsorial o letanía- mientras ofrecía sus consejos como Pastor, fue sencilla: Cercanía. Sin cercanía hay solamente “palabra sin carne”. Y la cercanía es tocar la carne sufriente de Cristo en nuestro pueblo. La cercanía implica tiempo, escucha, paciencia, constancia, perseverancia, mansedumbre.

Muy queridos catequistas: Ustedes son llamados a manifestar la cercanía de / a la Palabra, la cercanía de / a los Sacramentos de Vida; la cercanía de / a la Iglesia; la cercanía de / a la comunidad parroquial; la cercanía de / a la comunidad educativa; la cercanía de / a la capilla barrial; la cercanía de / a la familia, etc. ¡Cercanía del / al Pueblo de Dios!

Gracias por esta vocación que les pide tanto y que es clave en la tarea de Evangelización de la Iglesia.

Fraternalmente en Cristo, Maestro, Camino, Verdad, Vida y María Santísima, Sede de la Sabiduría.

+Fray Carlos Alfonso Azpiroz Costa OP
Arzobispo de Bahía Blanca