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Bahía Blanca, 1° de agosto, 2018
Memoria de San Alfonso María de Ligorio

Muy queridos hermanos sacerdotes:

Con ocasión de la fiesta anual de San Juan María Vianney, patrono de todos los sacerdotes, y celebración del “Día del cura párroco” quiero enviarles estas líneas. Tras la beatificación y canonización de nuestro querido “cura Brochero” también contemplamos el camino de santidad de un sacerdote de nuestra tierra. Ante estos y tantos otros pastores, obispos y sacerdotes que nos han precedido en el camino de la fe y del ministerio, miramos nuestra vida cotidiana y pensamos quizás que vivimos en otros contextos, en otra coyuntura social, política, histórica ¡eclesial y pastoral! De todos modos, estos hombres de Dios nos ayudan a mirar el pasado con gratitud, nos invitan a vivir el presente con pasión y nos animan a abrazar el futuro con esperanza.

En efecto, los tiempos del “Cura de Ars” han sido muy distintos. Popularmente identificamos a San Juan María con la parroquia desde la cual desplegó su ministerio y entregó su vida. Cuando llegó enviado por su obispo para pastorearla, lo esperaba una pequeña población de 250 habitantes de condición humilde, sobre todo. Era “el último pueblo de la diócesis”. Pequeña parroquia, sí, pero con enormes desafíos, ¡constituyó un centro de irradiación de su santidad de alcance realmente universal!

Un camino vocacional difícil, con muchos obstáculos e inmensos desafíos por delante: la ausencia de una mínima formación previa; un marco histórico de tensas relaciones entre la Iglesia y el Estado ¡verdadera grieta entre lo civil y lo eclesial!; el lema de “Libertad, Igualdad, Fraternidad” que –grito revolucionario- no parecía manifestar vínculo alguno con sus raíces cristianas; la gente no era atea o anticlerical, pero vivía quizás una religiosidad superficial y banal, esclava de los propios gustos, en ocasiones mundanos, según la mentalidad de la época, quizás por el mismo abandono pastoral, por los vicios, las manifestaciones de devoción sin demasiadas raíces o motivaciones interiores…

A partir de su mismo sentimiento de incapacidad para desarrollar el ministerio pastoral, en medio del cansancio, luchas y sufrimientos interiores, supo vivir un fuerte sentido de la fidelidad a Dios. También descubrió en la vivencia cotidiana de la oración personal y comunitaria el medio más importante para crecer en santidad; en la austeridad penitencial un instrumento privilegiado de prevención y reparación; en la confianza y misericordia de Dios el don más preciado que podía ofrecer a su pueblo; en la simplicidad y humildad de su vida siguiendo a Jesús pobre, casto y obediente, la luminosidad de una vida entregada; en la cotidiana paciencia, constancia y perseverancia, el don de contemplar e iluminar con prudencia la conciencia de sus fieles; finalmente, en su celo pastoral a través del Sacramento de la Reconciliación, un medio luminoso para la verdadera conversión personal y comunitaria (en la rica tradición moral de San Alfonso María de Ligorio).

El 4 de agosto, recordamos la pascua martirial de Mons. Enrique Angelelli (+1976). Pocos días antes habían sido asesinados también “en odio de la fe”, el sacerdote francés fidei donum Gabriel Longueville; fray Carlos de Dios Murias, sacerdote franciscano conventual y Wenceslao Pedernera, laico, esposo y padre de familia, colaborador del Obispo riojano. Así lo ha declarado la Iglesia el 8 de junio pasado y de este modo nos preparamos para su pronta beatificación.

Queridos sacerdotes, no hace falta que yo lea para ustedes las novedades de estos tiempos preñados de tantos contrapuntos, contrastes e incluso contradicciones. Vivimos días intensos que nos permiten reflexionar, desde diversas y profundas perspectivas, en la dignidad de la vida humana que siempre hemos de defender de manera firme, clara y apasionada ¡porque la dignidad de la persona humana es sagrada! Es sagrada la vida del inocente que no ha nacido; es sagrada la vida de los pobres que se debaten en la miseria, el abandono, la postergación, los abusos, la trata de personas, la eutanasia encubierta en los enfermos y ancianos, privados de atención, las nuevas formas de esclavitud y en toda forma de descarte (cf. Gaudete et exsultate n. 101).

El Papa Francisco ha aprobado la nueva redacción del n. 2267 del “Catecismo de la Iglesia católica”, para establecer que la pena de muerte, hasta ahora no excluida en términos absolutos, “es inadmisible porque atenta a la inviolabilidad y dignidad de la persona”. Una reformulación que se sitúa en continuidad con el Magisterio precedente, llevando adelante un desarrollo coherente de la doctrina católica.

Como en tiempos de San Juan María Vianney, de San José Gabriel del Rosario Brochero, de estos testigos de Cristo y de la Iglesia en La Rioja, no podemos plantearnos “hoy” un ideal de santidad que simplemente “sobrevuele” (como un dron ante una manifestación popular), las circunstancias y desafíos de cada tiempo, que ignore las injusticias de este mundo que se presentan a través de tantos diversos males. Antes de concluir esta carta, me permito citar algunos pensamientos para el “día del párroco”; nos hacen bien…

“El sacerdote continúa la obra de redención en la tierra” […] “Si se comprendiese bien al sacerdote en la tierra se moriría no de pavor sino de amor” (Santo Cura de Ars)

“El sacerdote que no tiene mucha lástima de los pecadores es medio sacerdote. Estos trapos benditos que llevo encima no son los que me hacen sacerdote; si no llevo en mi pecho la caridad, ni a cristiano llego” (Santo Cura Brochero).

Hoy ser sacerdote, como ser cristianos, no es fácil ni cómodo. Nunca lo ha sido y hoy menos. Pero nuestra comunidad como el mundo necesita del cristiano comprometido. Necesita al sacerdote como presencia viva de Jesús resucitado. Necesita de su Palabra y de su Eucaristía. Necesita su oración y su cruz. Necesita el gozo de su inmolación, la fuerza de su presencia como testigo de lo definitivamente nuevo y la fecundidad de su servicio sacerdotal en el pueblo y desde el pueblo. Porque nuestra provincia y Diócesis necesita urgentemente hombres nuevos; hombres capaces de limpiar todo aquello que es engendrado por el pecado de los hombres y por las consecuencias de ese pecado; hombres que no vivamos de euforia ni de pasividad; hombres que vivan intensamente esta ‘hora’ atormentada y difícil y cargada de esperanzas; esta ‘hora’ providencial para nuestra provincia y nuestra patria; ‘hora’ de esperanza y de compromisos; ‘hora’ de no dormirnos sino obrar y actuar con clarividencia según el Espíritu de Dios(Mons. Enrique Angelelli, Homilía 10 de agosto de 1971).

Les agradezco de todo corazón por su ministerio, por su cercanía, por su paternidad, fraternidad y amistad sacerdotal. En la actual coyuntura los exhorto a animar a sus comunidades, a rezar, a participar en las diversas iniciativas pastorales que cada parroquia o capilla organice celebrando, acogiendo, protegiendo y acompañando la vida ¡porque #Vale Toda Vida!

Con estas intenciones en el corazón, el sábado 4 de agosto administraré el sacramento de la Confirmación en Algarrobo y el domingo 5 en Médanos; el martes 7 de agosto presidiré las patronales en la ciudad de San Cayetano; el miércoles 8 de agosto, fiesta de Santo Domingo de Guzmán, celebraré la “Misa por la Vida” en nuestra Iglesia Catedral de Bahía Blanca a las 19.00.- pidiendo a Dios, “fuente de toda razón y justicia”, inspire a nuestros gobernantes y legisladores. Ellos, en palabras del Señor, no tendrían ninguna autoridad si no la hubieran recibido de lo alto (cf. Juan 19, 11).

No me olviden el día del Cura de Ars, modelo de vida sacerdotal y patrono de los párrocos. Los llevo en mi corazón cada día y les pido me recuerden especialmente en su fiesta ¡Felicidades!

Fraternalmente en Cristo, Camino, Verdad y Vida… y en Nuestra Señora de la Merced a quien confiamos la causa de la vida, los bendigo y pido me bendigan.

+Fray Carlos Alfonso Azpiroz Costa OP
Arzobispo de Bahía Blanca