A todos los maestros, profesores, estudiantes y directivos de comunidades educativas con ocasión del día en que recordamos a cada uno de ustedes

(11, 17, 21 y 27 de septiembre)

Queridos hermanos y hermanas:

He nacido en la ciudad de Buenos Aires, y recuerdo –desde muy joven- en el barrio donde viví hasta que ingresé en la Orden de Predicadores, a muchas personas que saludaban o se dirigían a otras en la calle … llamándolas simplemente: “¡Maestro!”. Lo hacían para lo más sencillo y cotidiano: pedir la hora; solicitar alguna información; para invitar a pasar dentro de algún negocio o comercio, aunque fuere nada más que para “mirar”; quizás a la hora de pedir cambio (monedas) o -en peluquerías- con el típico ademán invitando a tomar asiento para el corte oportuno. El saludo, cuasi protocolar, era al mismo tiempo cercano, confiado y respetuoso. Viviendo tiempo después en la ciudad de Córdoba, también he vuelto a escuchar este saludo en muchos sitios (locales de barrio) con el acento típico de la “Docta”. En mis años de estudio y tareas pastorales en Roma, sobre todo en barrios populares de esa ciudad, la palabra -casi mágica- con la que se daba la bienvenida en ámbitos semejantes era análoga: “¡Profesor!” o –incluso- “¡Doctor!” (en italiano, claro). Signo de reverencia y cercanía a la vez, sonaba a sincero reconocimiento, veneración o también captatio benevolentiae (quizás con un toque o pizca de obsequiosidad).

Al mismo tiempo, la memoria del corazón ayuda a relacionar experiencias, pude constatar en mis años de estudiante que los mejores maestros y profesores que he tenido han sido aquellos que supieron fomentar en los alumnos esa vocación: la de ser también algún día maestros y profesores. Creo que aquellos que más he admirado, desde la escuela primaria hasta terminar los estudios universitarios (si bien nunca terminamos de estudiar y aprender) han sido aquellos que –además de los conocimientos- contagiaban en el estudiante el bello deseo de enseñar. Además, vaya otra confidencia, con el tiempo, siendo niño, adolescente, joven… también uno ha percibido con asombro cómo los mejores maestros y profesores han sido aquellos que ¡siempre! aprendían algo nuevo de sus alumnos, de sus estudiantes, de sus discípulos. Esto se notaba en la capacidad de escucha, la comprensión, la misericordia… junto al asombro que sin duda los discípulos provocan en los verdaderos maestros.

Por ello quisiera saludarlos a todos (maestros, profesores, estudiantes, directivos) que celebran sus “días” en este mes de septiembre (11, 17, 21 y 27 respectivamente…) ¡Mes de la Primavera en nuestra tierra!

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Desearía este año compartir con todos ustedes algunas reflexiones… intentando abrazar y asumir lo que muchos sintetizan como “emergencia educativa”, invitando al mismo tiempo a unir los esfuerzos por una “alianza educativa amplia” para formar personas maduras, capaces de superar fragmentaciones y contraposiciones y reconstruir el tejido de las relaciones por una humanidad más fraterna. Esto se logra –afirma el Papa Francisco- con valentía (cf. Mensaje para el lanzamiento del Pacto Educativo, 12.09.2019):

  • La valentía de colocar a la persona en el centro;
  • La valentía de invertir las mejores energías con creatividad y responsabilidad;
  • La valentía de formar personas disponibles que se pongan al servicio de la comunidad.

En la Biblia, la palabra “Rabbí” (hebreo) y “rabbuní” (arameo) equivale también a “mi maestro”.

A propósito, quisiera leer con ustedes algunos pasajes del Evangelio en los cuales Jesús es llamado “Maestro” en muy diversos contextos. En efecto, la Buena Noticia presenta escenas que nos invitan a un verdadero encuentro para reavivar el compromiso por y con las jóvenes generaciones, renovando la pasión por una educación abierta e incluyente, capaz de la escucha paciente, del diálogo constructivo y de la mutua comprensión.

A partir de estas verdaderas “postales del alma” podríamos rumiar el sentido de esta “valentía” (propia de la virtud de la Fortaleza) a la que se nos invita a todos los que, de una manera u otra, somos alumnos, estudiantes, discípulos, docentes, maestros, profesores, directivos… ¡En definitiva: a todos los miembros de una comunidad educativa!

1.- La valentía de colocar la persona en el centro

[Juan 1, 35 ss.] Al día siguiente, estaba Juan otra vez allí con dos de sus discípulos y, mirando a Jesús que pasaba, dijo: «Este es el Cordero de Dios». Los dos discípulos, al oírlo hablar así, siguieron a Jesús. Él se dio vuelta y, viendo que lo seguían, les preguntó: «¿Qué quieren?». Ellos le respondieron: «Rabbí, que traducido significa Maestro, ¿dónde vives?». «Vengan y lo verán», les dijo. Fueron, vieron donde vivía y se quedaron con él ese día. Era alrededor de las cuatro de la tarde.

Todos –de un modo u otro- hemos sido estudiantes, discípulos… y recordamos nuestros encuentros en el aula o los pasillos de la escuela, el colegio, el profesorado, la universidad y nuestras preguntas a maestros y profesores ¡y también recordamos aquellas preguntas que muchos de ellos nos han hecho! (sobre todo aquellas que nos han tocado el corazón y quizás han abierto horizontes nuevos). De alguna manera esos encuentros nos han iniciado en la búsqueda vocacional. Preguntar por lo que queremos… por nuestros deseos es ya señalarnos lo que abrigamos y anhelamos en el fondo del corazón.

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[Juan 20, 15 ss.] Jesús le preguntó: «Mujer, ¿por qué lloras? ¿A quién buscas?». Ella, pensando que era el cuidador de la huerta, le respondió: «Señor, si tú lo has llevado, dime dónde lo has puesto y yo iré a buscarlo». 16 Jesús le dijo: «¡María!». Ella lo reconoció y le dijo en hebreo: «¡Raboní!», es decir, «¡Maestro!»

Después de la resurrección del Señor, María Magdalena queda al lado del sepulcro vacío, desilusionada, llorando y con el corazón hecho añicos. Su ensimismamiento y tristeza le impiden ver al Señor Resucitado que se encuentra a su lado. Ella lo confunde con el cuidador del huerto donde había sido sepultado Jesús. María buscaba “algo”, el cadáver de su amigo, sin saber “dónde lo habían puesto”. La desolación  y las lágrimas le impiden reconocer al Viviente ¡Aquel que alguna vez se manifestó: “Yo soy la Resurrección y Vida”! (Juan 11, 25).

En todo proceso educativo se va dando un cambio esperanzado a lo largo del tiempo. El verdadero Maestro nos ayuda a cambiar de perspectiva. No pregunta ya “¿Qué buscas?” sino “¿A quién buscas?”. Siendo personas, amamos, anhelamos y buscamos la Verdad y el Bien como se ama, anhela, busca a una persona. Cuando el Maestro nos llama por el nombre (sabemos que no somos “uno más” para él en la lista) entonces también lo reconocemos personalmente… y comienza el verdadero encuentro, el verdadero discipulado, el verdadero aprendizaje, la verdadera docencia.

¿No consiste en esto tener la valentía de colocar a la persona en el centro?

2.- La valentía de invertir las mejores energías con creatividad y responsabilidad

El camino de la enseñanza y aprendizaje, la docencia y el estudio, sin dudas es fatigoso y muchas veces se hace cuesta arriba (un verdadero parto). También Jesús, llamado en muchas ocasiones “Maestro”, experimentó de parte de sus interlocutores, diversas actitudes (como se experimentan cotidianamente diversas actitudes de parte de profesores y alumnos)

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[Marcos 10, 51 ss.] Después llegaron a Jericó. Cuando Jesús salía de allí, acompañado de sus discípulos y de una gran multitud, el hijo de Timeo -Bartimeo, un mendigo ciego- estaba sentado junto al camino. Al enterarse de que pasaba Jesús, el Nazareno, se puso a gritar: «¡Jesús, Hijo de David, ten piedad de mí!».  Muchos lo reprendían para que se callara, pero él gritaba más fuerte: «¡Hijo de David, ten piedad de mí!».  Jesús se detuvo y dijo: «Llámenlo». Entonces llamaron al ciego y le dijeron: «¡Ánimo, levántate! Él te llama». Y el ciego, arrojando su manto, se puso de pie de un salto y fue hacia él.  Jesús le preguntó: «¿Qué quieres que haga por ti?». Él le respondió: «Maestro, que yo pueda ver». Jesús le dijo: «Vete, tu fe te ha salvado». En seguida comenzó a ver y lo siguió por el camino.

El proceso de aprendizaje – enseñanza ayuda a que veamos la realidad, a reconocer los límites, y asumiéndolos, invita a crecer en sabiduría y virtud. Como bien lo expresa un Salmo [90 (89) 12], todos deseamos adquirir “un corazón sensato”. El Maestro, aún sabiendo lo que puede necesitar quien se acerca y busca su presencia, pregunta, interroga para que podamos expresar lo que deseamos y anhelamos. Sólo del deseo de aprender, de querer ver, sigue el descubrimiento de lo verdadero, el seguimiento… el discipulado.

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[Mateo 12, 38 ss.] Entonces algunos escribas y fariseos le dijeron: «Maestro, queremos que nos hagas ver un signo».  Él les respondió: «Esta generación malvada y adúltera reclama un signo, pero no se le dará otro que el del profeta Jonás. Porque, así como Jonás estuvo tres días y tres noches en el vientre del pez, así estará el Hijo del hombre en el seno de la tierra tres días y tres noches. El día del Juicio, los hombres de Nínive se levantarán contra esta generación y la condenarán, porque ellos se convirtieron por la predicación de Jonás, y aquí hay alguien que es más que Jonás. El día del Juicio, la Reina del Sur se levantará contra esta generación y la condenará, porque ella vino de los confines de la tierra para escuchar la sabiduría de Salomón, y aquí hay alguien que es más que Salomón.

El querer enseñar o aprender no es cuestión de “magia”, de abracadabras o ábrete sésamos, sino fruto del deseo genuino de –justamente- enseñar o aprender. Si se ofrecen signos es porque se quiere señalar un significado ¡no por mero entretenimiento o pasatiempo! Un signo tiene valor, peso específico, densidad, en la medida de su significado. Si no se desea ir a fondo, conocer y descubrir el verdadero significado, todo signo pierde su valor, su sustancia, su peso.

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[Mateo 17, 24 ss.]  Al llegar a Cafarnaún, los cobradores del impuesto del Templo se acercaron a Pedro y le preguntaron: «¿El Maestro de ustedes no paga el impuesto?». «Sí, lo paga», respondió. Cuando Pedro llegó a la casa, Jesús se adelantó a preguntarle: «¿Qué te parece, Simón? ¿De quiénes perciben los impuestos y las tasas los reyes de la tierra, de sus hijos o de los extraños?». Y como Pedro respondió: «De los extraños», Jesús le dijo: «Eso quiere decir que los hijos están exentos. Sin embargo, para no escandalizar a esta gente, ve al lago, echa el anzuelo, toma el primer pez que salga y ábrele la boca. Encontrarás en ella una moneda de plata: tómala, y paga por mí y por ti».

En tiempos de noticias falsas, de opinar por lo que se escucha por ahí, hay preguntas que en lugar de buscar lo real, lo bueno, lo verdadero, pueden simplemente abrigar trampas y acusaciones o –simplemente- provocar confusión. Esto sucede tanto en quien pretende aprender (pero no desea hacerlo en realidad), como en quien pretende enseñar (pero tampoco lo hace por vocación). La cuestión del “impuesto” –en este caso el impuesto del Templo- puede ser una trampa (en este caso no “meramente impositiva” sino religiosa) para verificar la “autenticidad” del Maestro. La verdad de la enseñanza va más allá de lo coyuntural y ayuda a reconocer con sinceridad y sin gambeteos al Maestro.

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[Mateo 22, 15 ss.] Los fariseos se reunieron entonces para sorprender a Jesús en alguna de sus afirmaciones. Y le enviaron a varios discípulos con unos herodianos, para decirle: «Maestro, sabemos que eres sincero y que enseñas con toda fidelidad el camino de Dios, sin tener en cuenta la condición de las personas, porque tú no te fijas en la categoría de nadie. Dinos qué te parece: ¿Está permitido pagar el impuesto al César o no?».  Pero Jesús, conociendo su malicia, les dijo: «Hipócritas, ¿por qué me tienden una trampa? Muéstrenme la moneda con que pagan el impuesto». Ellos le presentaron un denario.  Y él les preguntó: «¿De quién es esta figura y esta inscripción?». Le respondieron: «Del César». Jesús les dijo: «Den al César lo que es del César, y a Dios, lo que es de Dios». Al oír esto, quedaron admirados y, dejando a Jesús, se fueron.

No siempre hay sinceridad en las preguntas; no siempre un deseo verdadero de aprender; no siempre hay una genuina voluntad al enseñar. Podemos acariciar los oídos pero como mera estratagema para, irónicamente, sorprender al interlocutor, tender trampas, poner a prueba… La distinción entre lo temporal y espiritual; entre lo político y lo religioso no significa separación ni tampoco confusión de ambas esferas. El verdadero maestro no obstaculiza en el que desea aprender su aspiración a lo trascendente, su anhelo de tener una mirada que vaya más allá de lo inmanente.

¡Esto significa tener la valentía para apostar a la creatividad y la responsabilidad!

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[Mateo 19, 16 ss.]  Luego se le acercó un hombre y le preguntó: «Maestro, ¿qué obras buenas debo hacer para conseguir la Vida eterna?». Jesús le dijo: «¿Cómo me preguntas acerca de lo que es bueno? Uno solo es el Bueno. Si quieres entrar en la Vida eterna, cumple los Mandamientos». «¿Cuáles?», preguntó el hombre. Jesús le respondió: «No matarás, no cometerás adulterio, no robarás, no darás falso testimonio, honrarás a tu padre y a tu madre, y amarás a tu prójimo como a ti mismo». El joven dijo: «Todo esto lo he cumplido: ¿qué me queda por hacer?». «Si quieres ser perfecto, le dijo Jesús, ve, vende todo lo que tienes y dalo a los pobres: así tendrás un tesoro en el cielo. Después, ven y sígueme». Al oír estas palabras, el joven se retiró entristecido, porque poseía muchos bienes.

Creatividad y responsabilidad implican confianza en la libertad. La recta intención en la pregunta, la paciencia para esperar y no obligar a una respuesta; animando también -a quien busca con sincero corazón- a ofrecer una respuesta vital, superadora, total. No sabemos qué habrá sido de este joven inquieto y con deseos generosos de ser mejor, pero sí de su dificultad en asimilar la enseñanza del Maestro y de no querer correr mayores riesgos. La esperanza va más allá de la mera expectativa. La confianza en la responsabilidad no tiene medidas.

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[Mateo 22, 23 ss.] Aquel mismo día se le acercaron unos saduceos, que son los que niegan la resurrección, y le propusieron este caso: «Maestro, Moisés dijo: “Si alguien muere sin tener hijos, que su hermano, para darle descendencia, se case con la viuda”. Ahora bien, había entre nosotros siete hermanos. El primero se casó y como murió sin tener hijos, dejó su esposa al hermano. Lo mismo ocurrió con el segundo, después con el tercero, y así sucesivamente hasta el séptimo. Finalmente, murió la mujer.  Respóndenos: cuando resuciten los muertos, ¿de cuál de los siete será esposa, ya que lo fue de todos?». Jesús les dijo: «Están equivocados, porque desconocen las Escrituras y el poder de Dios. En la resurrección ni los hombres ni las mujeres se casarán, sino que todos serán como ángeles en el cielo.  Y con respecto a la resurrección de los muertos, ¿no han leído la palabra de Dios, que dice: “Yo soy el Dios de Abraham, el Dios de Isaac y el Dios de Jacob”? ¡Él no es un Dios de muertos, sino de vivientes!». La multitud, que había oído esto, quedó asombrada de su enseñanza.

Hay cuestiones o preguntas que se presentan aparentemente como profundas, religiosas ¡pero no necesariamente lo son! Podemos disfrazar o maquillar de transcendentes cuestiones que en realidad están cargadas de meros preconceptos, prevenciones y –muchas veces- discriminaciones porque buscan simplemente ridiculizar al interlocutor.

Vivimos en una gran confusión sobre las opciones fundamentales de nuestra vida y los interrogantes sobre qué es el mundo, de dónde viene, a dónde vamos, qué tenemos que hacer para realizar el bien, cómo debemos vivir, cuáles son los valores realmente pertinentes. Con respecto a todo esto existen muchas filosofías opuestas, que nacen y desaparecen, creando confusión sobre las decisiones fundamentales, sobre cómo vivir, porque normalmente ya no sabemos de qué y para qué hemos sido hechos y a dónde vamos (cf. Benedicto XVI, Catequesis en la Audiencia general, 14.04.2010).

Si vivimos, no vivimos para nosotros mismos y todo proceso educativo o pedagógico, de estudio o aprendizaje, toda vocación docente o de enseñanza ha de dejar siempre abierto el corazón de los que buscan realmente saber, a las cuestiones fundamentales: el destino futuro del hombre; el misterio de la libertad, de la vida y de la muerte… En definitiva, el corazón abierto a las respuestas que ayuden a encontrar el sentido mismo de la existencia.

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[Mateo 26, 20 ss.] Al atardecer, estaba a la mesa con los Doce y, mientras comían, Jesús les dijo: «Les aseguro que uno de ustedes me entregará». Profundamente apenados, ellos empezaron a preguntarle uno por uno: «¿Seré yo, Señor?».  Él respondió: «El que acaba de servirse de la misma fuente que yo, ese me va a entregar.  El Hijo del hombre se va, como está escrito de él, pero ¡ay de aquel por quien el Hijo del hombre será entregado: más le valdría no haber nacido!».  Judas, el que lo iba a entregar, le preguntó: «¿Seré yo, Maestro?». «Tú lo has dicho», le respondió Jesús.

La traición a la propia vocación consiste en una falta de fidelidad a los talentos que nos han sido confiados: estudiar y aprender, enseñar y educar, acompañar. Este misterio de la libertad y responsabilidad desaprovechadas por el discípulo rodea también la pasión y muerte del Maestro. Uno de los suyos, reconoce al Maestro como tal, pero no sabe, no quiere, no puede aceptar que el camino sea el de dar la vida por los demás. ¿Preferiría quizás la estratagema de la revancha, el resentimiento y el rencor… un triunfalismo vengativo y fugaz? La respuesta verdaderamente “docente”, “educativa” se dará después de su resurrección, camino a Emaús, junto a dos discípulos desorientados y desilusionados. Entonces, comenzando por Moisés y continuando con todos los Profetas, les interpretó en todas las Escrituras lo que se refería a Él. Una nueva y renovada enseñanza, porque el Maestro enseña siempre.

3.- La valentía de formar personas disponibles que se pongan al servicio de la comunidad

[Mateo 23, 8 ss.] En cuanto a ustedes, no se hagan llamar “maestro”, porque no tienen más que un Maestro y todos ustedes son hermanos. A nadie en el mundo llamen “padre”, porque no tienen sino uno, el Padre celestial. No se dejen llamar tampoco “doctores”, porque sólo tienen un Doctor, que es el Mesías. El más grande entre ustedes será el que los sirva, porque el que se ensalza será humillado, y el que se humilla será ensalzado».

Suena extraño, al concluir este itinerario de textos evangélicos que nos hablan del “maestro”, de preguntas y respuestas, de búsquedas y anhelos, de sinceridad y falta de ella… escuchar de parte de Jesús esta advertencia. Vuelvo a recordar el trato sencillo y a la vez respetuoso de aquellos que sin pedir diplomas o títulos llaman y reconocen a los demás como “maestros”. Sin embargo, se comprende el sentido mismo de la admonición (una enseñanza también) al identificar la grandeza con el servicio (y no con certificados, sellos, comprobantes). Así es, los maestros y profesores, doctores, directores y docentes, estudiantes y alumnos que más se destacan ¡son los que realmente se hacen servidores!; los que ponen sus conocimientos y talentos al servicio de los demás; los que no pretenden ser servidos sino servir. Recordemos que entre las así llamadas “obras de misericordia espirituales” (la misericordia es signo del verdadero servicio) descubrimos también las notas del verdadero educador y educando:

  • Enseñar al que no sabe.
  • Corregir al que se equivoca.
  • Dar buen consejo al que lo necesita.
  • Perdonar las injurias.
  • Consolar al triste.
  • Sufrir con paciencia los defectos del prójimo.

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[Juan 13, 12 ss.] Después de haberles lavado los pies, se puso el manto, volvió a la mesa y les dijo: «¿Comprenden lo que acabo de hacer con ustedes? Ustedes me llaman Maestro y Señor; y tienen razón, porque lo soy. Si yo, que soy el Señor y el Maestro, les he lavado los pies, ustedes también deben lavarse los pies unos a otros. Les he dado el ejemplo, para que hagan lo mismo que yo hice con ustedes. Les aseguro que el servidor no es más grande que su señor, ni el enviado más grande que el que lo envía. Ustedes serán felices si, sabiendo estas cosas, las practican. 

El servicio es realmente un pilar de la cultura del encuentro. En el servicio experimentamos que hay más alegría en dar que en recibir (cf. Hechos 20, 35). A través de la docencia y de nuestra experiencia como estudiantes reconocemos que la más bella semilla que maestros y profesores han dejado germinar en nuestras mentes y corazones es la de devolver a la comunidad lo que hemos aprendido: servir. El verdadero Maestro, profesor, docente… es quien anima a quien aprende a poder a su vez enseñar a las nuevas generaciones lo que se ha cosechado en la propia vida. Al final de la vida seremos examinados en el amor y servir es amar (y amar es servir).

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[Mateo 20, 26 ss.] El que quiera ser grande, que se haga servidor de ustedes; y el que quiera ser el primero que se haga su esclavo: como el Hijo del hombre, que no vino para ser servido, sino para servir y dar su vida en rescate por una multitud.

A todos ustedes, queridos estudiantes, alumnos, discípulos; maestros y profesores, directivos… los que tienen título y los que lo han adquirido honoris causa, por su servicio en favor de la comunidad, de los demás. Vaya mi gratitud y homenaje porque se asemejan a Jesús, a quien reconocemos como Maestro: aquel que no vino a ser servido sino a servir. También reconocen a María, verdadera discípula, como Madre y Maestra, en este día en el cual celebramos su Dulce Nombre…

Ella se reconoce como la Servidora del Señor, aceptando la Palabra que se encarna en su seno para darnos la Vida en abundancia… ¡La Verdad y Vida que nos hará libres!

Bahía Blanca, 12 de septiembre de 2019
Memoria del Dulce Nombre de María

+ Fray Carlos Alfonso Azpiroz Costa OP
Arzobispo de Bahía Blanca