DÍA NACIONAL DEL ENFERMO

Domingo 12 de noviembre

 “Valiosos para Dios, valiosos para la Iglesia”

 

Queridos hermanos:

Providencialmente les envío estas líneas en el día en el que la Iglesia celebra a San Martín de Porres. Un santo muy cercano a los enfermos y también por ello muy popular.

El domingo 12 de noviembre celebramos el “Día nacional del enfermo”. Contemplando la vida y ejemplos de este hermano nuestro, deseo dirigirme especialmente a los que padecen de alguna enfermedad y también a todos aquellos que de una u otra manera los atienden, cuidan, acompañan (sus familiares, voluntarios, enfermeros, médicos y todos aquellos –hombres y mujeres- que con su trabajo y esfuerzo cuidan de la salud de su prójimo). Vale la pena decirlo: muchos hermanos y hermanas sirven a los que sufren desde la Pastoral de la Salud de nuestra diócesis.

La enfermedad, en todas sus formas o manifestaciones (física, psicológica, psíquica, espiritual), nos asoma -como pocas otras realidades de la vida- a constatar, tocar, experimentar nuestros límites; a descubrirnos vulnerables, necesitados… de Dios y de los hermanos.

En tiempos donde pareciera que tantas cosas se resuelven desde la fría e inhumana lógica del “descarte”, la enfermedad arranca de nuestro corazón las preguntas más profundas, vitales ¡que no podemos –justamente- descartar ni dar por sabidas! Solemos valorar muy poco las cosas importantes mientras las tenemos (o las damos por supuestas). No le damos valor a esas cosas cuando las tenemos al alcance de la mano. Nos acostumbramos a comer, a vestirnos, a los afectos (amigos, padres, hermanos, hijos…) cuando los tenemos a nuestro lado. Incluso podemos ser pedantes, vanidosos… en la abundancia. Es verdad, estas son actitudes propias de quien se siente satisfecho, lleno.

El corazón pobre, el corazón bienaventurado, es el que se ve necesitado de algunas o varias de las cosas mencionadas. El pobre es el que depende –especialmente en estas situaciones- de los otros. El corazón pobre se sabe necesitado y por eso está preparado, ¡abierto! al otro (a Dios, al prójimo). Descubrimos así el valor de aquel que está a nuestro lado, el que nos escucha, aquel a quien podemos recurrir, aquel a quien siempre encontramos cuando lo buscamos.

Esto nos ayuda a descubrir la importancia y el valor de aquellos que buscan; el valor de aquellos que encuentran; la importancia de quienes piden y el don de quienes dan u ofrecen; la gracia de quienes llaman y el valor inestimable de quienes responden o abren su puerta… su corazón, su mano generosa…

Todos somos valiosos para Dios, valiosos para la Iglesia. Dios orienta el corazón del pobre y enfermo hacia el amor. El amor ejerce una fuerza de atracción en quien se descubre necesitado. Sólo quien se descubre pobre o enfermo ve una riqueza en su prójimo.

Dios es Amor y se manifiesta en quien –enfermo o asistiendo a quien lo está- nos invita a responder los interrogantes más profundos; los enigmas de la vida y de la muerte, de la culpa y el dolor… “Todo hombre resulta para sí mismo un problema no resuelto, percibido con cierta oscuridad. Nadie en ciertos momentos, sobre todo en los acontecimientos más importantes de la vida puede huir del todo a responder esos interrogantes (Gaudium et Spes n. 21)”.

Agradezco a quienes desde el dolor y la enfermedad, padeciéndola o asistiendo a quienes la sufren, nos señalan la vía del amor a Dios y al prójimo; nos presentan las cuestiones más profundas del ser humano, nos ayudan a mirar a Cristo sufriente, agonizante y a encontrar en Él el sentido primero y último, el valor más profundo de nuestra existencia, de nuestra vida.

Dijo San Juan XXIII el día de la canonización de San Martín de Porres: «Además, San Martín, siguiendo las enseñanzas del Divino Maestro, amó con profunda caridad, nacida de una fe inquebrantable y de un corazón desprendido a sus hermanos. Amaba a los hombres porque los juzgaba hermanos suyos por ser hijos de Dios; más aún, los amaba más que a sí mismo, pues en su humildad juzgaba a todos más justos y mejores que él. Amaba a sus prójimos con la benevolencia propia de los héroes de la fe cristiana. Excusaba las faltas de los demás; perdonaba duras injurias; procuraba traer al buen camino con todas sus fuerzas a los pecadores; (…) asistía complaciente a los enfermos; proporcionaba comida, vestidos y medicinas a los débiles; favorecía con todas sus fuerzas a los campesinos, a los negros y a los mestizos que en aquel tiempo desempeñaban los más bajos oficios, de tal manera que fue llamado por la voz popular “Martín de la Caridad”. Hay que tener también en cuenta que en esto siguió caminos, que podemos juzgar ciertamente nuevos en aquellos tiempos, y que pueden considerarse como anticipados a nuestros días» (Homilía del 6 de mayo de 1962).

Que la luz de la vida de San Martín de Porres, hijo de nuestra tierra latinoamericana, ilumine a todos por el camino de la justicia social cristiana y de la caridad universal sin distinción de color o raza.

Bahía Blanca, 3 de noviembre, 2017

+ Fray Carlos Alfonso Azpiroz Costa OP